III
En mi viaje a Venezuela en diciembre de 2009, sólo pude ver a Pi una noche. Coincidimos en Margarita, donde él pasaba las vacaciones cada vez que visitaba Venezuela, en una urbanización con playa privada en Playa el Agua, que uno de sus mecenas le cedía cada vez que Pi la pedía. Fue la primera vez que hablamos desde que me vine a la Argentina en 2007, cuando yo todavía estaba en lo que Ríe y yo llamamos la Posición 2, frente al Discurso de Pi.
La Posición 1, decía Ríe, fue la que todos asumimos después de esa segunda clase de su taller, en el año 2000: distante, pero no por antinomia, sino porque, reducidos como estaban nuestros intereses a los estados alterados de consciencia, las patinetas y el graffitti hip-hop, y cuando mucho Cortázar y Dalí, el Discurso de Pi era una especie de escritura sagrada, que uno no entendía, pero que si surgía un tema trascendental, uno repetía como un loro, para impresionar.
Las posiciones 2 y 3, decíamos Ríe y yo, no eran consecutivas sino alternativas, y estaban determinadas no sólo por nuestra madurez, sino por el momento histórico: hacia 2006, a medida que se iba consolidando la hegemonía del chavismo, Mun, Ríe, Simón y yo fuimos abandonando el anarquismo individualista (que a veces era filochavista y a veces filofascista), y definiéndonos políticamente. Mun y Simón terminaron adoptando la Posición 2, que Ríe y yo describimos como una deformación del Discurso de Pi, para aplicarlo a la defensa del proyecto de poder militarista de Chávez. Y Ríe y yo adoptamos la Posición 3, que era la mera y maniquea oposición al gobierno, lo que hacía que ya no repitiéramos el Discurso de Pi, sino su antítesis: el de los medios privados de comunicación, para los que Ríe y yo llegamos incluso a trabajar.
Los primeros minutos con Pi en Margarita los dediqué a contarle la teoría de las posiciones, y a confesarle que mi experiencia en la Argentina me había hecho pasar de la Posición 3 a la Posición 2, que ahora no entendía como una deformación de su discurso, sino como la unívoca posibilidad de aplicarlo a la realidad. Después saqué un billete de un dólar y lo puse sobre la grama. Lo alumbré con la luz del celular, le señalé la pirámide, le hablé de lo que había investigado sobre los Iluminati y del 13.0.0.0.0, y le dije que, para mí, era probable que en ese punto se desatara el amanecer, la catástrofe universal de la que él hablaba en el párrafo.
Pi volvió a encender el porro, que se había apagado, le dio dos pitadas, sonrió débilmente, y dijo: esto se va a morir, Eduardo, esta revolución no tiene vida de aquí a cinco años si no estalla el peo en Europa y en Estados Unidos. Y habiendo dicho Estados Unidos, pasó a esa enumeración que si se quería hacer corta comenzaba con la anexión de Cuba en el siglo XIX, y terminaba en Honduras hacía unos meses. Una enumeración que le dejaba la vista desolada a quien intentaba meterse toda esa barbarie en la boca, y a quien la intentaba escuchar. No sólo porque sea la peor, dijo Pi, sino porque ha sido la más atestiguada por la humanidad entera. Y sí, pareciera que es algo que tarde o temprano tiene que acabarse, o sobreviene la peor y la última de las guerras.
El "pareciera" coincidió con el ruido de un aire acondicionado que se encendía en el chalet de en frente, y fue como un conjuro que disolvió el furor del instante, alimentado por la visión de la pirámide, algunas estrellas más de las acostumbradas que por la luna nueva se agitaban sobre nuestras cabezas, y el porro que pasaba de mano en mano. Entonces Pi me dio el dólar para que lo guardara y se puso a hablar de sus mujeres.
Fue la indiferencia de Pi lo que me hizo pensar por primera vez que todo cuanto pudiera decirse sobre una catástrofe universal estaba motivado primero que nada por esperanza, la esperanza de que la catástrofe civilizatoria fuera interrumpida de un zarpazo, la única esperanza que le quedaba a la humanidad.

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