viernes, 15 de enero de 2010

12.19.17.09 (el discurso de Pi I)


El 15 de enero de 2010 escribí: no es asunto de horóscopos prehispánicos, sino de la Gran Guerra en curso.
Contra todos mis pronósticos, terminé subscribiendo a plenitud el Discurso de Pi, quien subordinaba cuanto ocurría entre los seres humanos en todo nivel a una teoría que elaboró cuando hizo su tesis de grado, en 1989. La tesis era una investigación sobre el lugar de la fotografía entre las relaciones de producción del sistema capitalista. Pero toda esa teoría estaba contenida en apenas un párrafo de su trabajo de grado.
Conocí ese párrafo, como todos los que alguna vez hicimos el taller de Pi, el segundo día de clases. El primer día nos hizo montar en el escarabajo (esa vez éramos cuatro, pero me consta que llegó a hacer lo mismo hasta con grupos de siete), y nos dio a cada uno alguna de sus cámaras: una Nikon con gran angular para Mun, una Olimpus portátil para Simón, una Minolta con lente 50 para Ríe, y una Mamiya C33 de doble lente, la que me tocó a mí, y pesaba más de dos kilos. Bajamos desde su quinta en La Palmita a recorrer los barrios de San Bernardino y alrededores, con la consigna de dispararle a todo lo que se moviera.
A no menos de sesenta kilómetros por hora, pasamos por los caminos de Cotiza, San José, Sarría, Pinto Salinas y no recuerdo si el barrio Anauco, opturando entre curvas a toda velocidad, cuadros torcidos y casi siempre desenfocados, en los que veíamos pasar la pobreza y el peligro como cráteres de un cometa por las pantallas de un telescopio espacial.
Cuando terminó el recorrido ya estaba oscureciendo, bien pasada la hora del fin de la clase, y Pi nos dejó a cada uno en su casa, asegurándonos que la semana siguiente íbamos a tener las placas y los rollos ya revelados, e íbamos a copiar nosotros mismos nuestras mejores fotos en el laboratorio. La técnica se aprende después, dijo. Para tomar buenas fotos lo que hace falta es vivir.
La segunda clase nos explicó escuetamente cómo se operaba la ampliadora, y el orden en que había que introducir el papel expuesto, en los dos químicos y en el agua. Le dio a cada uno un rollo revelado, y a mí las placas de la C33, y después de preguntarnos si habíamos vivido lo suficiente esa semana (pregunta a la que nadie supo responder) cerró la puerta, con un énfasis que no supimos interpretar hasta que Ríe proyectó en la ampliadora lo que se suponía era su primera fotografía. Según recuerda Ríe, la fotografía debía mostrar a un niño descalzo y muy delgado de unos doce años que manejaba una bicicleta muy pequeña, y otro niño más pequeño entre el manubrio y aquél. Pero tras enfocar el haz de luz, lo que apareció sobre la base de la ampliadora fue el párrafo, en donde estaba el sustrato de lo que fue la cosmovisión de Pi desde que hiciera la defensa de su trabajo de grado, hacía once años, lo que después llamamos el Discurso de Pi:
Dado un sistema social que conviene como última expresión universal del valor un bien como el dólar, que no sólo no tiene valor de uso sino que, en tanto documento para el intercambio no representa más que la reproducción compulsiva de su propio símbolo, todas las producciones discursivas y simbólicas humanas, y en consecuencia su interpretación del mundo y de su entorno inmediato, estarán sujetas al principio de refracción descrito por Bajtin-Voloshinov, sujeción que tenderá a agudizarse en tanto no se revierta el proceso expansivo del capitalismo imperial, y no cobre dimensión de catástrofe universal la Gran Guerra que desde 1945 se ha mantenido en el plano simbólico, con eventos siempre aislados de violencia real, en enfrentamientos bélicos focalizados, y en los choques cotidianos entre clases sociales.
Después de una perplejidad unánime, las reacciones fueron dispares. Mun y yo quisimos revisar el resto de los rollos, porque pensábamos de que se trataba de una confusión; Ríe quiso, antes de cualquier cosa, copiar el fragmento en su cuaderno para ver si algún día llegábamos a entenderlo, y Simón, el hijo de Pi, quiso salir del laboratorio y buscar su padre para que nos explicara qué demonios se proponía, porque, conociéndolo bien, estaba seguro de que era sólo una de sus técnicas pedagógicas extravagantes.

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