lunes, 11 de enero de 2010

12.19.17.0.5 (se viene el fin del mundo)

El 11 de enero de 2010 escribí: o comienzo escribir o me come el tiempo a pedazos; o comienzo a escribir, o va a llegar el amanecer y no voy a tener ojos para verlo.
¡Aleluya, hermano, se viene el fin del mundo!, había gritado, hacía segundos, un porteño de cabello blanco en el bar Río, mientras caía un aguacero con cierta contundencia, pero indigno de cualquier alarma. Después salió y debajo del toldo blanco, en la vereda, repitió su premonición, con las manos alrededor de la boca,como para darle resonancia, aunque en el fondo con cierta timidez.
Yo vivía todavía embalado en la trampa de los finales inventados, y en ese momento estaba ahí en el Bar Río haciendo lo mismo que hacía buena parte de las horas libres de mi vida: tratar de conseguirle final a una historia que había comenzado a escribir, y caer en en un pozo depresivo tras pasar cierto tiempo sentado, intentándolo con poco o ningún éxito. Llegado a ese pozo, lo único que me calmaba era pensar que el fin había sido inventado hacía ya miles de años, y que ahora que estábamos tan cerca, y tantos en el planeta lo sabíamos, era necesariamente fingido (y más que fingido, cómplice, onanista y reaccionario) seguir inventándolos, porque eso era alimentar la Gran Mentira, que entre otras cosas, ahora nos estaba haciendo creer que lo del 13.0.0.0.0 era una sólo una visión hollywoodense.
De ahí que el chiste de verano del viejo porteño me diera fuerzas para escribir esas dos líneas, las cuales paré en seco al escuhar a un segundo viejo porteño, de franela blanca y bermuda caqui, que salió detrás del primero y le dijo:
¡¿Para qué lado estás mirando, che?! Porque todavía no sabemos dónde está el enemigo.
Entonces releí mis líneas y me parecieron de un entusiasmo rayano en la autoayuda.
Ya había pasado más de un año de la caída de la Calle del Muro, y a Maru y a mí nos quedaban pocas esperanzas (porque entonces el apocalipsis, más que un miedo, era una esperanza)de que fuera a ser más que un simulacro, un emperador negro, un Sur medianísimamente despierto y en resistencia residual, y todas las tierras sagradas del dios occidental convertidas en campos de fuego y de sangre.
Por eso duraba poquísimo la calma que me daba pensar en todos los fines del fin, y más bien era yo quien le decía a Maru que qué coño más iba a pasar.
A veces, con un desentendimiento y un relax nada distintos a los del viejo porteño (y con distinto grado de convicción, según nos hubiéramos fumado un porro o no), comentábamos las cosas que leíamos en las noticias como si fuera una verdad como un tiro en el pecho que en menos de tres años lo que quedaba de Dio$ iba a caer en un derrumbe colosal, derretido por un Sol henchido y desbordado (¿un Sol vengativo?), y los pueblos enajenados le iban a dar la espalda a las pantallas, e iban a ver a la Tierra como si la Tierra tuviera ojos, y la iban a besar con las mejillas llenas de llanto.
Pero ni los viejos porteños, ni Maru ni yo, podíamos ir más allá de esas visiones estando en Buenos Aires, sin caer en el neohippismo new age seudoindigenista de Ciudad Universitaria (también reaccionario) o el evangelismo a pecho desnudo, o en la mera enajenación paranoide de Internet. Ya el fin de la Cuenta Larga (el 13.0.0.0.0, que en esa época pensábamos que iba a ser el 21 de diciembre de 2012, aunque otros seguían sosteniendo que era el 23) se había banalizado al punto en que se hablaba del asunto en cualquier contexto, como si fueran las olimpíadas, o cualquier evento humano televizado en todo el mundo, con el espacio para los anunciantes vendido años (vaya a saber si decenios) atrás.
Yo estaba por comenzar, en marzo, una maestría en literatura latinoamericana, y a Delia le faltaban tres años para terminar la carrera de psicología en la UBA. Acabábamos de mudarnos a un departamento hermoso en Almagro que nos costaba un precio minúsculo y que íbamos a tener que entregar en dos años. Y cuando nos tocaba pensar qué íbamos a hacer cuando pasaran esos dos años y lo tuviéramos que entregar, decíamos sin que se nos parara un pelo que en 2012 lo que menos nos iba a preocupar era tener un sitio donde vivir en la ciudad de Buenos Aires, porque las ciudades iban a ser lo primero en convertirse en una especie de axioma de Hobbes, llegado el Sol al punto en que la Caída de Todos los Cables daba lugal al Nuevo Desorden Mundial.
Pero dicho esto (y no sólo Maru y yo, sino todo nuestro círculo de amigos, y otra gente que tenía presente lo que iba a pasar en el 13.0.0.0.0), seguíamos viviendo nuestras vidas, proyectando planes y metas burgueses en la civilización, más allá de la fecha de la catástrofe, porque habíamos heredado de siglos de barbarie expansiva la secreta convicción de que Dio$ era irreductible; de que era capaz de sobrevivir a su propia aniquilación.