Una idea, tomada de un judío alemán: el tren del progreso es continuum de catástrofes en la que el mismo enemigo no ha dejado de vencer. Una esperanza: el tren se va a estrellar el 21 de diciembre de 2012. Pero rápido se desvanece. A menos que llegue el rayo cósmico ese del que hablan los más extremistas, que va a venir desde el centro de la galaxia, lo más que podemos esperar es un par de terremotos más, y la precipitación de la anhelada caída del imperio yanqui. Pero no: todo indica que la catástrofe no hace más que abrirle los caminos a la ocupación del planeta por el capital trasnacional y sus ejércitos. Pasó en Haití, pasa en Chile. Luego están los chinos, que piensa uno que un día pueden voltear la tortilla, y que el imperio global pase a tener al frente una bandera comunista. Pero nada de eso se parece a la llegada de una sociedad sin clases, que es el único designio esperanzador que la razón ha pronosticado para el desarrollo de las fuerzas productivas.Aburre enumerar las posibilidades de catástrofe global: calentamiento de la tierra y catástrofe climática (otra vez, el diluvio universal), holocausto nuclear, despertar súbito de las masas, que espontáneamente se rebelan contra el orden establecido, meteorito que inusitadamente se revienta, digamos, sobre la sede de la Reserva Federal. Nada de eso parece estar a menos de mil días de nuestro día.
